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One thousand dollar baby.
Sí soy el sireno (creo que se llamaban tritones) número mil. Aquellos que no lo son ( o sea todos) haber estao más atentos, la próxima vez será. Aunque claro ya no será el mil porque el mil he sido yo y vosotros no y yo sí y me alegro y vosotros no y os jodeis. Soy todo bondad. Y vosotros no. Asín es la vida, corazón.
Las sirenas quieren piernas
Another Trip
Por motivos económicos más que nada, el domingo pasado vine a Madrid en autobús, en vez de traer mi propio vehículo. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes... uno de los inconvenientes es fijo: Desde el fin de trayecto del bus a mi casa hay casi una hora de viaje. Es una cosa que como ya la tengo prevista no me causa mayor angustia. El problema viene con las variables. Principalmente que dependiendo del autobús no me caben las piernas. Mido poco más de metro ochenta, estatura que actualmente está dentro de la normalidad. Por lo visto el ingeniero que diseñaba el autobús no era muy alto, el cabrón. Pues efectivamente no me cabían las piernas. En países tan avanzados como Chile esto no pasa.

Pero el inconveniente gordo viene ahora: el compañero/a de al lado/a (que si no se quejan los puristas/os). A veces pasa que te toca una persona del género coloquialmente conocido como puto pesao o tocacojones según no hayamos criado al norte o al sur de Alpedrete. Este fue mi caso. En aquel momento sólo pude joderme. Pero, queridos amiguitos... no quiero que esto os suceda a vosotros así que os traigo la solución. Tenemos el portátil a mano, comenzamos a murmurar... lo abrimos lentamente, asegurándonos que el coñacito de vecino lo vea, miramos al cielo, nos tocamos la frente y le enseñamos esto. En cuanto empiece a oler mal, nos cambiamos de asiento. De nada.